viernes


5
Matthieu Phillipe cruzó la Plaza de los Basilios. Todo era tranquilidad en la noche. Miró su reloj de pulsera; habían transcurrido casi diez minutos del nuevo día. Observó al frente. Tenía tan sólo unos doscientos metros hasta el hotel. Había pasado por el mismo lugar por la tarde, hacía apenas unas horas y todo era bullicio y descontrol. Los niños salían del colegio, mientras sus padres se empujaban para acercarse. El tránsito era puro caos. Incluso muchos estacionaban en lugares en los que estaba supuestamente prohibido, como la plaza, un espacio verde con frondosos árboles y rodeado de bares y cafeterías. Lo que menos necesitaba en sus vacaciones era descontrol. En el hotel le habían ofrecido un guía turístico para recorrer la ciudad en bus pero había preferido ir a dar una vuelta a pie, la mejor manera de conocer un lugar. Pese a que había llegado al mediodía y había estado todo el día recorriendo, no estaba siquiera un poco cansado. No entendía a las personas que decían que se cansaban en sus vacaciones. ¿Cómo podían decir eso? Es como decir que uno se canse de disfrutar los fines de semana. Matthieu siempre encontraba la manera de entretenerse, aunque estuviera solo. O más aún si lo estaba. Había viajado en un vuelo de Air France desde Metz, con escala en Lyon. Luego de casi dos horas de viaje, había llegado al aeropuerto de Barajas, en Madrid. De allí había recorrido unos doscientos kilómetros más en taxi hasta llegar a Salamanca, ya que no logró encontrar un vuelo directo desde Metz hasta Salamanca. Un colega francés le había comentado que el clima era muy duro aquí, con temperaturas de más de 35 grados centígrados en verano e inviernos muy crudos. Pero ya se había acostumbrado a soportar el frío en Metz. Le dijeron que una buena época para visitar Salamanca era el otoño. Fue por eso que acortó sus vacaciones de verano en Francia, guardándose unos días para octubre. Si bien estaba en pleno ciclo de clases, había conseguido un muy buen reemplazo para que se ocupase de la cátedra y de algunos detalles respecto a la organización del departamento de la materia.
Apenas había tocado tierra firme, había ido a visitar al pez gordo: la Universidad. La Universidad Pontificia de Salamanca era considerada la más antigua de las universidades hispanas existentes. Fundada en 1218 por el Rey Alfonso IX de León, en el siglo XVII, atrajo hacia sí una gran confluencia de estudiantes de todo el ámbito peninsular, europeos e indianos. Matthieu se deleitó con su fachada de estilo plateresco, se introdujo en el Museo de las Escuelas Menores y observó “El Cielo de Salamanca”, la emblemática obra del pintor Fernando Gallego, a la vez que observaba el contrastante estilo gótico del rectorado. Pero el mayor atractivo de la Universidad no era ni su arquitectura ni su museo. Era algo mucho más simple. Tan simple como una rana. Sí, la incomprensible rana edificada sobre una de las calaveras esculpidas sobre el edificio y que se mimetizaba con el color de su fachada, estaba plagada de historia y leyendas a su alrededor y constituía por sí sola uno de los principales atractivos de la ciudad. Como no existía unanimidad en cuanto a su significado, se manejaban distintas hipótesis: La primera sostenía que el estudiante que en su primera visita no la lograba distinguir, jamás iba a poder recibirse. Otros opinaban que la rana era simplemente la firma del autor que labró las calaveras, ya que era costumbre entre los tallistas dejar su nombre en forma de símbolo. Pero la tercera y más firme teoría sotenía que la mayoría de las esculturas que se realizaban en esa época eran simbólicas y con ellas el artista quería transmitir las enseñanzas bíblicas. A lo largo de los tiempos, las ranas se han asociado con espíritus inmundos, con la tentación sexual y el pecado capital de la lujuria. Al estar apoyada sobre una calavera, intentaría dar un mensaje a todo aquel que pasase por allí que no sería otro que seguir por el camino de la tentación llevaba a la muerte.
Rodeando la Universidad, sobre la calle Compañía, Matthieu compró algunas baratijas para llevarse de recuerdo, hasta que le entró hambre. Le dijeron que siguiera hasta llegar a la calle de Prior, que doblase a la derecha hasta Espoz y Mina, y que luego derecho, ignorando el Pasaje de los Ahorros y el Pasaje Coliseum y antes de llegar a la Plaza Libertad, encontraría el mejor restaurante de la ciudad: Chez Víctor. Pero como eran las 15:30 horas y estaban cerrando, se conformó con el que estaba a escasos metros. En la “La Hoja” probó una parrillada de morucha con zanahorias y chocolate. La carne de morucha tenía un gusto diferente a lo que había probado, pero a la vez exquisito, su color era más oscuro que otras carnes como la de ternera.

Con el estómago lleno y con ganas de descansar un rato en el hotel, volvió por la calle Compañía, pero sin querer se desvió hacia la Plaza Antigua y apareció en la calle Jesús. Llegando a San Pablo se encontró con la Torre de los Anaya. Pensó en entrar a conocerla, pero le habían recomendado que no se perdiese una obra que daban en el Teatro Liceo, a unos ochocientos metros del hotel. Entonces emprendió el camino de vuelta al hotel para pegarse una buena ducha. En el trayecto le sorprendió ver la gran cantidad de cigüeñas en los tejados de las catedrales y en otros monumentos. Luego de asearse, se quedó un rato mirando la televisión recostado y cuando miró la hora pensó en que al Teatro podía ir en otra ocasión, no tenía por qué hacerlo todo el primer día. Se preparó para bajar a comer al restaurante del hotel, ¡Pero qué más daba! Prefirió seguir conociendo la ciudad. La comida de los restaurantes de los hoteles siempre era más cara y de menor calidad que la que se podía conseguir en la calle.

***
Un rayo luminoso procedente de un objeto atravesó un prisma óptico. Fue desviado dos veces en ángulo recto por reflexión total e invertida la posición relativa que pie y cabeza del objeto guardaban entre sí. El prisma revirtió la imagen de izquierda a derecha y otro lo hizo de arriba hacia abajo. En una millonésima de segundo, la pupila del ojo aumentó a 8 mm. para regular la luminosidad. Estaban en marcha sus prismáticos digitales Nighthawk, con ángulo de visión de 7 grados, telémetro para estabilizar el movimiento y ampliación de 5.0. El grado binocular para calcular la distancia existente con el objeto visto no poseía margen de error: 110 metros. Calculó que al paso que traía el individuo en 70 segundos lo iba a tener en su punto de disparo. “Tiempo más que suficiente”.
Dejó los binoculares en el suelo y lamentó no haber sido jamás un buen observador. Pero eso no lo amedrentaba, su vida no había sido fácil. Nacido en Puerto Rico e hijo de una madre boricua y un padre norteamericano, Patrick Kearney había emigrado con sus padres de pequeño a los Estados Unidos, asentándose en el Bronx. Era un muy buen alumno en la escuela. Cuando terminó, pensó en estudiar alguna carrera en la Universidad, en graduarse en Política, o bien en Sociología. Pero sus padres no podían costeársela. Entonces pidió una beca en la Universidad de Nueva York suponiendo que sus altas notas del colegio servirían como respaldo. La desilusión fue grande cuando se enteró de que la Universidad no pretendía dar becas a muchachos con ansias de estudiar, sino de hacer deporte. Y él nunca había sido bueno para eso. Cuando pensó en acudir a la Universidad Pública de la Ciudad de NY, la catástrofe golpeó a su puerta. Una tarde, mientras regresaba a su casa luego de llenar las solicitudes de ingreso, oyó gritos desesperados que provenían de la inconfundible voz de su madre. Al entrar, la vio tirada en el suelo con el teléfono en la mano, en un estado de total paroxismo. Su padre, que trabajaba como constructor, se encontraba realizando un techo de madera transitable. Un obrero no reforzó las maderas debidamente y la estructura se vino abajo. El obrero se quebró las piernas pero salvó su vida milagrosamente. No tuvo la misma suerte su padre, que se desmoronó a la planta baja, cayendo sobre los finos vidrios que esperaban para ser colocados en la fachada. Esos cristales no sólo acabaron con la vida de su padre, sino que hicieron añicos su futuro. Su madre nunca pudo reponerse del suceso y se sumergió en una depresión. El padre tenía el seguro de riesgo vencido desde hacía dos meses y el estado no le otorgó una pensión por considerar que había incurrido en una negligencia. Como no tenían dinero para pagarle a un buen jurista, solicitaron asistencia letrada estatal, pero un abogado sin demasiado entusiasmo dejó vencer los plazos. Y entonces tampoco tuvieron dinero para costear un servicio de salud y pasaron a formar parte de los cincuenta millones de personas que existían en el país sin un seguro médico. Y eso en Estados Unidos era casi lo mismo que decir que uno quedaba a merced de la nada. Salas de emergencia abarrotadas de gente, médicos contratados de hospitales privados que asistían de mala gana, pocos especialistas y ciento treinta mil puestos de enfermeras vacantes que intentaban ser cubiertos por practicantes traídos de la India o Nigeria que a duras penas entendían el idioma. Sin la debida atención para tratar su depresión, su madre empeoró. La internaron en el Bellevue, el hospital público más viejo de América. Pero la situación siguió complicándose y ya no disponían allí del equipamiento necesario para tratar su salud mental. Fue entonces que le indicaron que debía asistir a algún centro privado. Patrick consiguió trabajo como empleado en un comercio pero el sueldo apenas le bastaba para comer. Nadie pagaba demasiado por un joven de dieciocho años sin experiencia laboral. Luego de recorrer toda la ciudad y cuando Patrick se encontraba ya al borde de la desesperación, un volante llamó su atención.
¡¡Joven con vocación patriota, defiende tu país!! Buen salario, obra social y expectativas para tu futuro”.
Lo demás sucedió todo muy rápido. Un fuerte entrenamiento por la mañana y clases por la tarde. Patrick no era de los mejores en la parte física, tampoco de los más fuertes. Ni siquiera era rápido para vestirse o para limpiar sus botas. Cuando tomaron clases de observación a distancia, sus problemas se acrecentaron. Pero todo cambió cuando llegaron las armas. La primera vez que entró en contacto con una sintió que era bueno. Mientras sus compañeros luchaban por colocar las balas, el comandante asombrado miraba la rapidez con la que Patrick cargaba y descargaba su rifle de práctica. Luego vino el entrenamiento de tiro y allí comprobó que no era solamente bueno, sino que había nacido para ello. Podía acertar los diversos blancos disparando a grandes distancias sin ningún inconveniente. Pocos días después, su capitán le ofreció pertenecer al cuerpo especial de la armada y recibir la instrucción necesaria para convertirse en un disparador de élite, es decir, un francotirador.

***

  Matthieu era particularmente ahorrativo, sólo gastaba su dinero en viajes, comida y arte. Eso era todo para él. Pero ahora al frente de la cátedra de Metz contaba con un buen sueldo, y si bien no era para andar despilfarrando, sí podía darse algunos caprichos. No compraba artefactos eléctricos. No le interesaba la tecnología, como al resto de sus alumnos a los cuales a veces les tenía que pedir que por favor se quitaran los auriculares en clase o apagasen sus teléfonos móviles.
Nos pasamos la vida intentando consumir, pero jamás nos detenemos a pensar que somos nosotros los que nos consumimos”.
Apenas tenía un viejo celular Motorola que se lo habían regalado sus amigos cansados de no poder contactarlo y con el que jamás había mandado un mensaje de texto. Sólo lo usaba para recibir y realizar llamadas. Que ni siquiera eran tantas tampoco (para pedirle alguna referencia a algún colega de Sociología cuando tenía que complementar sus clases con datos estadísticos o quizás a sus colegas del departamento de Historia, con los que se juntaba para llevar a cabo una comisión de estudios).
Pasó por delante del Museo del Convento de San Esteban, bordeando la Plaza del Con- cilio de Trento, recordatorio de la Asamblea que el Papa Juan III convocó en el siglo XVI como respuesta para resolver el problema de la reforma protestante que estaba debilitando podero- samente a la Iglesia. En aquel Concilio se habían establecido diversos acuerdos, todos de una extrema dureza, como el dogma del pecado original, la existencia del purgatorio y la prohibición del concubinato de los eclesiásticos. Eso, junto con la Inquisición y las guerras de religión como las cruzadas, detuvo el avance del protestantismo, a la vez que marcó el período más oscuro de la religión católica.
“Invadir un país para encubrir los problemas internos”. Matthieu no pudo dejar de pensar en el carácter cíclico de la historia.
Mientras el viento golpeaba en su cara, apuró el paso. Lo que más le había atraído a la hora de hospedarse allí era que el hotel se encontraba en el centro histórico de la ciudad, desde donde podía movilizarse sin necesidad de ningún tipo de transporte más que sus piernas. El San Esteban era un lujoso hotel de cinco estrellas donde costaba 120 euros pasar la noche, un antiguo convento dominico reconstruido que sabía conservar el estilo y el lujo del siglo XVI sin perder de vista las comodidades actuales. Según la historia, Colón se habría hospedado en este convento cuando llegó a la ciudad para defender ante los geógrafos de la Universidad de Salamanca la posibilidad de llegar a las Indias navegando hacia Occidente. Su fachada estaba compuesta por la portada de la Iglesia, uno de los ejemplos más bellos del estilo plateresco. En su centro se representaba el tormento de San Esteban, el primer mártir cristiano. Esteban era un judío que en el primer siglo de nuestra era predicaba la noticia de Cristo resucitado y convertía al cristianismo a muchos de sus compatriotas. Al ver esto, los ancianos de las sinagogas comenzaron a discutir con él y fueron derrotados en sus discursos. Entonces lo acusaron por blasfemia de Dios ante el gran Sanedrín, que funcionaba como una corte suprema integrada por setenta y un sabios de Israel. Cuenta la historia que el santo se defendió pronunciando un discurso ante los miembros en el cual les echó en cara su eterna oposición ante los profetas y enviados de Dios e incluso los culpó de haber matado al más importante de todos, su hijo Jesús. Los que lo escuchaban se taparon los oídos lanzándose inmediatamente sobre él y entre gritos y empujones lo llevaron tras las murallas. Los verdugos le quitaron las ropas y se las dieron a un joven llamado Saulo, un enviado del Sanedrín. Luego de que este diera la orden, comenzaron a apedrearlo. Cuando todos pensaron que intentaría defenderse, San Esteban, con su cuerpo bañado en sangre, se arrodilló y mirando al Monte de los Olivos, donde Jesús había sido crucificado un año antes, dijo:
“Domine Iesu, suscipe spiritum deum”.
“Señor Jesús, recibe mi espíritu”.
Todos quedaron absolutamente maravillados. Se dice que fue tan impactante la escena, que hasta el mismo Saulo, un eterno perseguidor de los cristianos, comenzó a dudar de la supuesta inexistencia de Jesús.
Mientras Matthieu se acercaba por San Buenaventura hasta la intersección con San Pa- blo, sintió un leve escalofrío que le recorrió su espalda, que atribuyó al frío. Fue un instante. Luego se subió la solapa de su saco y se apresuró a caminar los metros que lo separaban del hotel.

***

Con sus binoculares, volvió a observar al sujeto de saco marrón que se aproximaba por San Buenaventura.

¿Cuatro millones de dólares por un disparo? ¿Qué tan importante era ese sujeto para valer tanto?, pensó Patrick.
Sigilosamente, tomó su bolso y se internó en la Plaza Carvajal hasta llegar a la Plaza de los leones. Desde allí tendría el tiro recto para cuando el sujeto ingresara hacia el lujoso hotel en donde se hospedaba. Abrió su bolso y extrajo su fusil M-16A2, el mejorado fusil estándar del ejército de los Estados Unidos. Aunque tenía capacidad para treinta balas de 5.6 mm., solía alimentarlo con solamente veintiocho, para evitar que el arma se encasillase. Pero en esta ocasión no iba a ser necesaria más que una. Contaba con un calibre de 5.56 x 45 milímetros y estaba mejorado con láser infrarrojo, reflector, visión nocturna y un cañón rugoso para una mayor sujeción. Desactivó la opción de medida láser, no se iba a permitir que ningún punto luminoso llegase a ser visto. Observó entonces las ramas del árbol. No se movían. Vio cómo se levantaba el polvo de la acera así como unos papeles. Estimó entonces un viento de 15 nudos del nordeste. Calculó la elevación del terreno. Los errores en la estimación podían reducir la fuerza del disparo o incluso hacerlo fallar completamente. Observó por su mira y recalibró el fusil. El sujeto no estaba a más de cincuenta metros. Tomó un cabestrillo y envolvió su brazo izquierdo para reducir el movimiento. A la distancia en la que estaba podía apuntar directamente a la cabeza sin posibilidad de error. Esa bala le volaría el cerebro. Pero no era la ocasión. Recordó cuando en situaciones de rehenes solía apuntar al cerebelo del adversario, la parte del cerebro que maneja los movimientos voluntarios, para impedir un último movimiento del sujeto. Decidió apuntar entonces al pecho, para dañar los tejidos y provocar la pérdida de sangre.
 Mientras el sujeto se disponía a entrar en el hotel, Patrick pegó su mejilla a la culata. Inspiró para reducir el movimiento. Colocó el dedo en el gatillo con la parte hacia atrás, para evitar que el arma se moviera. Cuando se disponía a apretar la palanca, escuchó gritos. A veinte metros, vio cómo dos niños iban corriendo por la plaza con la cara pálida y manchas rojas. Uno portaba una calabaza en su cabeza. Los dos llevaban bolsas en sus manos. Era 31 de octubre. Ya prácticamente primero de noviembre: Halloween. Nunca imaginó que en España también se festejase. En ese mismo instante el sujeto abrió las puertas del hall central y se perdió de vista. Refunfuñó. Pero como todo disparador de élite, tenía un segundo plan por si el primero fallaba. No podía esperar hasta mañana para terminar con el trabajo. La orden había sido estricta

“Tienes que realizar el trabajo durante el transcurso del día”.

Lentamente se arrastró por el pasto hacia atrás. Quería tener una mejor perspectiva del edificio. Había calculado que en el improbable caso de que errara el disparo, iba a tener una segunda oportunidad muy clara. La ventana de la habitación donde se hospedaba el sujeto daba hacia la calle. El mismo frente. Iba a ser un tiro con una complicación mayor ya que debía calcular la elevación del terreno. Pero nada que no pudiera realizar. El sujeto estaba en el segundo piso. Diez metros. En instantes debía estar en su habitación. Sólo debía esperar que se acercara a la ventana. Y las persianas estaban completamente abiertas. Si pretendía dormir sin que le molestase la luz de la calle, debía cerrarlas. En ese momento no fallaría.  
6

En la sala principal del edificio de oficinas más grande del mundo, un teléfono sobre un escritorio sonó. Pero el que debía atenderlo no estaba allí. Del otro lado de la línea, a miles de kilómetros, alguien refunfuñó. Demasiado dinero había invertido en el asunto como para que se echase a perder. 
A pocos metros del teléfono que sonaba se encontraba Patty, la secretaría del número uno del departamento. Patty era joven y extremadamente bella, una combinación que podía ser letal para ascender en los cargos en cualquier trabajo de cualquier parte del mundo, más aún en burocracias estatales.

“¿Dónde se encuentra que no contesta?", pensó mientras lo llamaba por el interno. Por más que era su secretaria privada, tenía terminantemente prohibido entrar a la sala principal sin autorización de su jefe. Y si intentase entrar, tampoco podría. Un complejo sistema digital compuesto por láser e identificación por retina daría aviso al sistema de seguridad central, que en tres segundos, si no en menos, estaría apuntando directamente a todo su cuerpo.

El teléfono dejó de sonar. Por el sonido del timbre era evidente que no se trataba de un número de línea, sino de un teléfono móvil. Lo raro era que se lo hubiera dejado olvidado. Llevaba ese lujoso chiche a todos lados con él, hasta cuando iba al baño. Alguien respondió en el interno.

-Sala de conferencias, ¿diga?

-Habla Patty Jefferson, ¿se encuentra Robert allí?

-Sí, está en una reunión privada.

-Dígale que es una urgencia.

Patty había aprendido en el poco tiempo que llevaba trabajando allí que era mejor pecar por insistente o fastidiosa que por moderada. Su trabajo era un debatirse constantemente sobre qué cosas consultar con su jefe y cuáles resolverlas sola, intentando adivinar los criterios de su superior. Como siempre, no podía evitar el reto de Robert con contestaciones del tipo “¿Me molestas para eso?”, cuando creía que eran cosas por las cuales valía la pena importunarlo y en cambio, otras del estilo “Creo que podías haberme avisado antes de este tema” cuando eran cuestiones que ella creía que podía manejarlas fácilmente sin ayuda. Pero era parte del trabajo, y sabía que una llamada al celular para Robert era un tema clasificado como “urgente”, especialmente cuando el que llamaba lo hacía para organizar un partido de golf o para irse de juerga. Además, alguna que otra vez Robert le había advertido que en el extraño caso que se dejase olvidado el celular en algún lado y este sonara, le diera aviso rápidamente.

-Patty, me dijeron que era urgente, ¿qué ha pasado? –dijo por fin la voz de su jefe.

-Robert, disculpa que te moleste, está sonando tu teléfono móvil en tu escritorio y sé la importancia que le das siempre a él...

-¿Era para eso? Ni te imaginas a quién he dejado esperando para venir a atenderte. Mi teléfono móvil puede esperar.

-Pero Robert, me has dicho que…

¡CLIC!

“Estúpido engreído. Bien que cuando vengo con un escote siempre tienes tiempo para hacerte el simpático”, pensó Patty.

***

Del otro lado Robert se apresuró a regresar al recinto principal.

“¿Será posible que no pueda distinguir entre un asunto urgente y uno de relativa importancia? Pensé que además de por bonita había llegado a ese puesto porque era un poco inteligente, Dios”

Robert dio dos pasos largos y cuando estaba a punto de volver a la sala recordó.

“El celular”. “¿Es que acaso Patrick se había echado atrás?”, pensó.

Eso no era posible. Un trato era un trato. La paga era grande y Patrick sabía además que en caso de arrepentirse, Robert contaba con técnicas de persuasión bastante más delicadas…

“¿O es que el que llamó pudo haber sido…?”

Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y comenzó a correr hacia su despacho.
7 

Matthieu fue recibido con un gesto de bienvenida de parte del conserje, pese a que su cara denotaba mucho sueño. Se acercó a la recepción al mismo tiempo en que este tomaba las llaves del casillero. 

-Aquí tiene, señor Phillippe. ¿Quiere que lo despierte a alguna hora en particular? 

Matthieu había visto el pronóstico del tiempo, que decía que iba a estar bueno por la mañana, sin demasiado frío y con sol. Pensó en salir a recorrer temprano el casco antiguo. 

-No, se lo agradezco, pero no hace falta. Pondré la alarma en mi reloj –dijo Matthieu, que llevaba consigo a todos lados su despertador. El conserje forzó una sonrisa.
  
-Que descanse bien entonces. 

“Claro que lo voy a hacer”, pensó Matthieu.  

Pasó al lado del ascensor y enfiló directamente para las escaleras. “Son sólo dos pisos”. 

Miró el cartoncito que acompañaba las llaves: “Habitación 45”. 

“4+5 = 9”, pensó Matthieu, que tenía la costumbre de reducir todos los números al sistema decimal. Era un aficionado a la numerología, la ciencia oculta que se ocupa de establecer una relación entre nuestra vida y la naturaleza. La numerología es actualmente considerada una pseudociencia, al igual que la astrología. No hubiese pensado lo mismo Pitágoras, que creía que los números poseían intrínsecamente un principio activo del cual dependían nuestras posibilidades y facultades.  

“Nueve. Interesante número”,  se dijo Matthieu, mientras continuaba subiendo escalones a la vez que observaba con atención los detalles clásicos de los pasamanos así como también los cuadros en las paredes.    

Dentro de la numerología, el 9 era considerado el número de las grandes realizaciones mentales y espirituales. Simboliza el fin de una fase de desarrollo espiritual y el comienzo de otra fase superior, simbolizado por el paso de las unidades a las decenas. Además, era un número que se regeneraba a sí mismo, ya que la suma de todos los números de un solo dígito daba por resultado el número 9 

 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 + 8 + 9
= 45 
= 4 + 5 
= 9

... y a su vez, si multiplicamos 9 por cualquier otro número decimal, luego reducidos y sumados entre sí daba como resultado el número 9. 

9 x 1= 9
9 x 2: 18 = 1 +8 = 9
9 x 3: 27 = 2 +7 = 9
9 x 4: 36 = 3 +6 = 9
9 x 5: 45 = 4 +5 = 9
9 x 6: 54 = 5 +4 = 9
9 x 7: 63 = 6 +3 = 9
9 x 8: 72 = 7 +2 = 9
9 x 9: 81 = 8 +1 = 9

Es por eso que los pitagóricos decían que era el número del narcisismo, ya que siempre volvía a él.  

Matthieu llegó a la puerta de su habitación. Introdujo su llave y esta se abrió. En un sillón, al costado de la ventana, dejó su bolso. Tomó su reloj despertador, y sin mirar la hora, llevó la aguja hacia el 9. Se quitó su saco y sus zapatos, y los dejó en una silla, junto con su pantalón y su camisa. Se dejó caer en la cama y cerró los ojos. Había sido un día hermoso, pero agotador al mismo tiempo. Cuando estaba a punto de dejar la vigilia para comenzar a transitar el sueño, se acordó de que había dejado la ventana abierta. Entonces se levantó y se dirigió hacia ella.    
  
***  

  Patrick observó por sus binoculares una habitación del segundo piso que cobraba vida. El sujeto había entrado. El grado binocular le decía que se encontraba a 70 yardas de distancia. Calculó la elevación. Calibró nuevamente y esperó en silencio. Momentos después el sujeto se aproximó a la ventana. Patrick se dispuso a gatillar.  


En el instante en el que se aprestaba a disparar sintió que algo vibraba. Su celular.

“¡¡Maldición!!”

El auricular manos libres se activó en su oreja izquierda. 

-¿Me oyes? 

-¿Robert? –contestó Patrick -. Qué importuno eres. 

-¿Has terminado con el objetivo? –preguntó Robert–. Su voz se notaba tensa.    
-Si no me hubieras llamado es muy probable que sí. 

Entonces se escuchó un suspiro de alivio del otro lado de la línea. 

-Pat, hay un cambio de planes. Escúchame con atención.

8

     La joven subió los peldaños de la elegante escalera de madera con una gran bandeja de plata entre sus manos, llevando en ella una taza de té caliente junto a un recipiente con terrones de azúcar y dos tostadas con pocillos de fino queso suizo y mermelada de ciruela. Golpeó suavemente la puerta una vez. Esperó. Golpeó otra vez, con mayor entusiasmo. Sabía que el Sumo Pontífice había estado recluido toda la semana y tenían expresas órdenes de no molestarlo. A sus pedidos, la novicia acudía inmediatamente, pero siempre con reserva y paciencia. Se sorprendió de que esta vez no respondiera, era la hora del desayuno. El sol comenzaba a aparecer en los últimos destellos del lluvioso otoño romano. 

“¿Se habrá quedado dormido?”, pensó. Sabía que tenía prohibido entrar en el cuarto sin autorización, pero también sabía que recibiría una reprimenda del secretario en caso de que volviese con la bandeja llena. Joven e impaciente, la muchacha se decidió a abrir la puerta del cuarto. Pero su señoría no estaba en su cama. La misma se encontraba en perfecta posición sin haber sido desordenada, como si nadie hubiese dormido allí esa noche. El cuarto tenía sólo una luz encendida y la ventana completamente cerrada. El desagradable olor a encierro era total. En la casi completa oscuridad, la joven divisó una pequeña vela encendida. 

“El señor está rezando, por eso no escuchó los golpes”, pensó. Se dirigió con sigilo hacia la luz en la cual le pareció distinguir un cuerpo en el suelo. 

–Señor, lamento molestarlo, pero toqué la puerta varias veces y al no escuchar respuesta decidí entrar, aquí le dejo el... 

Jamás terminaría la frase.
9
Los alaridos se escuchaban en su tono máximo a medida que se acercaba al pantano. La aspereza de sus manos se confundía con la granilla de las piedras y la grasosa casposidad del cabello no se abstenía de infectarle de hongos la membrana, casi piel. Las uñas largas y amarillas de los pies no hacían menos que recordar a las raíces de las legumbres podridas. El olor a azufre era insoportable, pero peor aún era el fuego que le quemaba el cuello y chamuscaba por completo su piel, logrando que las ampollas explotasen una y otra vez, manchándole el cuerpo de sangre y confundiéndolo con la carne. Las gotas de sudor que le corrían por la frente y morían en su boca repugnaban su gusto, que evocaba a miseria de plato de sobras de vísceras de bestia salvaje. Aun así, presa del paroxismo y en el límite de la cordura, siguió internándose por la cueva, buscando el final. En un tramo el estrecho se hizo más pequeño y el sujeto debió pasar arrastrándose. La luz al final del túnel se hacía cada vez más intensa y deslumbraba sus ojos al borde de la ceguera, obligándolo a aumentar el ritmo de sus desplazamientos, preso de su desesperación por llegar. Los ojos no cesaban de lagrimear debido al polvo y su nariz comenzó a gotear sangre. Podía sentir el ambiente espeso por la falta de aire que se hacía cada vez más evidente, y cuando el nudo llegó a su garganta abrió la boca con todas sus fuerzas intentando aspirar un poco más de oxígeno. Pero fue en vano. Todo lo que sintió fueron las partículas de tierra mezcladas con diversas clases de insectos que en cantidades se introducían por su boca. El ruido de una alarma comenzó a sonar. Bajó su mirada al mismo tiempo que sus rodillas se desangraban y las sanguijuelas se disputaban los trozos de su espalda. No sabía qué era lo que lo impulsaba a seguir pero sin preguntárselo lo hacía. Hasta la luz tenía que llegar.
Matthieu Phillippe se despertó transpirado y con dolor de cabeza. No podía creer que estuviera soñando, todo parecía tan real. Había tenido exactamente el mismo sueño una vez por semana durante todo el último mes, pero esta vez era... Y la alarma del sueño seguía sonando.
"¿Ya las 9?", pensó Matthieu. Sintió que se había acostado hacía tan sólo unos minutos. Tanteó en la mesita de luz el despertador con los ojos semiabiertos y bajó la tecla de un golpe. 

Pero el sonido continuó. Alcanzó a distinguir la hora. Las 23:59. 

"Cómo era posible?". 

Observó el teléfono de pared. Entonces, saltó de la cama y se lanzó sobre él, atendiendo de un tirón.

¿Matthieu Phillippe? –dijo una voz amable.

Sí, él habla, ¿con quién tengo el gusto?

-Gracias a Dios, ya estaba a punto de cortar. Le pido disculpas por llamarlo a estas horas, señor Phillippe. Pero creo que por la gravedad de la noticia no podía esperar –replicó la voz.
Matthieu pensó por un momento en su anciana madre, para recordar al instante que hacía poco tiempo había muerto.
-¿Quién habla y qué pasó? -disparó.
Georg Weinandt es mi nombre-. Lamento informarle que su amigo Antonio ha muerto.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Matthieu.

–¿Quién?  
–Su señoría, Antonio de las Mercedes, Valentín II.  
10 

     Salvatore Ferrucci tenía un trabajo que a los ojos de los demás hubiese resultado extraño. Toda su existencia había sido un buscavidas. No había estudiado ninguna carrera universitaria e incluso le faltaba aprobar un par de materias para terminar la educación secundaria. Con veintiún años, su vida había tomado carriles más extraños de lo que jamás hubiese imaginado. De joven pensaba que estudiar no era lo suyo. No porque careciera de inteligencia, todo lo contrario. En la clase, siempre era el más cadpaz para diversas especialidades: las ciencias, los idiomas y las matemáticas. A diferencia de sus compañeros, que se pasaban muchas horas estudiando para alcanzar una nota que les permitiera aprobar, él no estudiaba, se presentaba a rendir con lo que recordaba de las clases. Sólo tenía un pequeño –gran– inconveniente: se dispersaba demasiado. De niño sus maestras se sorprendían de su capacidad a la vez que se fastidiaban por su falta de atención. No tenía inconvenientes para resolver problemas matemáticos, ni para realizar sus tareas, pero fallaba en labores que requerían mantener la atención por un tiempo prolongado. En la clase de matemática, mientras su profesor explicaba el teorema de Pitágoras, él dibujaba. En las clases de dibujo, él leía. Y así, cada vez que debía escuchar al maestro leer textos, su mente se iba para ya no volver. Todo le era monótono. A la media hora de comenzar con alguna tarea, se aburría, se cansaba y entonces la dejaba y emprendía otra. Hasta que un día todo se agravó. Llegó un punto en el cual no podía estudiar, no podía leer, no podía realizar sus tareas. La situación se volvió insostenible. Su profesora de cuarto grado le advirtió a su familia que de esa manera no podía aprobarlo. Iba a tener que repetir el curso. Sus padres, asustados, lo enviaron a maestros para que tomara clases particulares, lo pasearon por distintos médicos, y luego lo llevaron a realizar terapia. Pero nadie podía dar en el punto clave. Cansados y sin demasiada esperanza, se les ocurrió ir a un neurólogo. Este lo mandó a realizarse una tomografía que determinó que su cerebro trabajaba de una manera atípica. Tenía un déficit en la acción inhibitoria de ciertos neurotransmisores como la dopamina, la serotonina a nivel de la corteza prefrontal. Si bien no había podido determinarse si los problemas eran patológicos, sí en cambio que eran trastornos neurológicos de origen genético. Al escuchar todo eso por parte del médico, los padres se sentían cada vez más perdidos. ¿Su hijo sería un retrasado?  ¿Cómo iban a criarlo? Pero lejos estaba de eso. Luego de realizarse diversos test, el neurólogo determinó que su cociente intelectual era de 185, casi el doble de la media, que se encontraba en 100. Su enfermedad entonces ya tenía nombre. Poseía un TDAH o Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad. El doctor les comentó que se había verificado que la gente que padecía este trastorno ponía en riesgo su vida en mayor manera que el resto al aumentar las posibilidades de sufrir por distracción un accidente en la vía pública, pero que etiquetar a los niños como mentalmente trastornados era falso y contraproducente y afectaba de esa manera a su autoestima y las relaciones con los demás, ya que inevitablemente se lo rotulaba como un ser “diferente” y no se lograba otra cosa que inducirlo a que se comportara como tal, como si se tratase de un adicto o un criminal. Pero sí en cambio se podía comenzar con alguno de los tratamientos más eficaces, que consistían en psicoestimulantes como el sulfato de anfetamina, los cuales se habían comprobado que modificaban positivamente los síntomas.

 “Drogas”. Eso fue todo lo que su madre necesitó escuchar. Ya bastantes experiencias negativas había tenido en su familia por las adicciones de su esposo a la bebida. 

“Mi hijo no es un retrasado. ¿Drogarlo de joven simplemente porque no podía mantener su atención en una cosa a la vez? No señor, de ninguna manera. ¿Y quién dijo que hay que realizar una sola cosa por vez? ¿Quién dicta que solamente hay que estudiar una sola profesión, realizar un solo trabajo? ¿El sistema de distribución capitalista quizá? Si seguro que la maestra que le da clases no tiene ni la mitad de la capacidad de mi hijo”, pensó. 

“Si mi hijo no puede adaptarse al sistema imperante, entonces quizás el entorno deba adaptarse a él”. No iba a permitir que modificaran su personalidad, que lo convirtieran en otro robot del sistema. 

Así creció Salvatore, bien lejos de la escuela, entre maestros particulares. Pese a los consejos de su médico, tuvo una completa educación autodidacta. Su madre pretendió potenciar todas sus facultades, imaginando que eso era lo mejor para el pequeño genio. Si su objetivo era no aislarlo del sistema, pues hizo todo lo contrario. Salvatore ya no iba cinco horas por día a un curso. Ahora tomaba clases con profesores particulares durante diez horas por día. Tenía horarios bien estrictos: clases de Matemáticas por la mañana, luego practicaba deportes, tenis y natación. Por la tarde aprendía los secretos y estrategias del ajedrez. Luego, algo de ciencias. Otros días economía, contabilidad, finanzas, idiomas y leyes. Salvatore ya no era un ser hiperactivo: ahora era un robot. No tenía la capacidad de decidir qué realizar ni cuándo. No tenía amigos. Con tan sólo diez años y una inteligencia de un joven de dieciocho, su madre razonó que podía rendir niveles más altos de la escuela, incluso dar todo el bachiller. Cuando a los once años sus educadores creyeron que ya estaba listo para rendir libre toda la educación secundaria, se lo comunicaron a su madre, quien lo inscribió en un instituto de adultos. Allí fue Salvatore, sin entender en donde había dejado olvidada su infancia. La madre había planificado todo a la perfección, pero no había reparado en lo más importante: su hijo aún era un niño. Y por más inteligente que pudiera llegar a ser, no se podían adelantar los plazos de maduración. En los exámenes escritos, Salvatore fracasó estrepitosamente. No entendía que hacía allí con personas que tenían cinco, seis y más años que él y que se habían preparado durante años para rendir. En las pruebas de literatura, no podía completar las oraciones. Los problemas de matemática más simples se habían vuelto criptogramas. Cuando tuvo que rendir el examen oral de lengua sucedió lo peor. Había comenzado bien con las oraciones y los verbos, parecía que su cerebro había comenzado a funcionar. Hasta que divisó a su madre tras un vidrio, observándolo. Y no pudo seguir hablando. Sus neuronas no podían realizar el mecánico pasaje entre lo que su razón representaba y lo que su boca quería pronunciar. El aire nunca llegó a su laringe y su cerebro entró en shock. Había sido demasiada presión. Y el que alguna vez fue considerado un niño “brillante” terminó orinándose enfrente de toda la clase. 

Con el paso del tiempo, Salvatore pudo salir adelante. La que jamás logró hacerlo fue su madre. Había gastado todos sus ahorros y empeñado todos sus bienes en el futuro de su hijo. Dos meses después, su corazón no aguantó. Con tan solo treinta y ocho años murió víctima de un infarto. Salvatore quedó al cuidado de su única abuela, la madre de su madre, que no estaba mucho mejor. A los catorce años el joven se dio cuenta de que se había convertido en un estorbo, su abuela contaba con una pensión de su esposo con la cual hacía malabares para darle un plato de comida. Los caldos con fideos y la polenta aguachenta se repetían incansablemente, día tras día. Cuando tenía quince años su abuela falleció por un cáncer terminal y entonces Salvatore se dio cuenta de que realmente estaba solo en el mundo. Y que tenía que hacer algo para ganarse el pan. Y ese niño mimado y absorbido por su madre, en lugar de deprimirse, creció de golpe. Debió salir a trabajar. Las leyes que había aprendido no tenían ningún sustento allá afuera. Para nada habían servido las clases de ciencia ni las de estrategia de ajedrez en ese mundo real. O al menos, eso pensaba. Tomó cuanto trabajo vio a su alcance: Limpió zapatos en la estación, vendió naranjas en la calle, cargó con bolsas en el puerto, dio clases de computación. Luego, consiguió trabajo de “barman” en Alpheus, una discoteca con capacidad para más de dos mil personas ubicada en Ostiense, uno de los 35 “quartieres” en los que se divide Roma. Allí se realizaban distintos espectáculos y se fusionaban diversos estilos (los martes había eventos artísticos destinados a los estudiantes, teatro y jazz los miércoles, conciertos los jueves, Dj´s en vivo los viernes, fiestas de la comunidad gay los sábados y días de tango y milonga los domingos, en donde la edad promedio del público aumentaba). 

Salvatore trabajaba duro, pero por lo menos podía descansar los lunes, día en que la disco cerraba. Para ese entonces, con dieciséis años, ya se había convertido en todo un hombre. Era alto, castaño y bien parecido. Tenía un cuerpo atlético y formado, sin un gramo de grasa, producto de la combinación de sus trabajos y de la escasa posibilidad de colmarse el estómago con comida. También se había convertido en un ser sumamente introspectivo. Aún no había perdido la virginidad y jamás había tenido demasiado contacto con las mujeres, tan sólo insignificantes charlas con algunas chicas que coqueteaban en la barra mientras le pedían que les preparase un trago. 

“¿Seré gay?”, pensaba cuando apoyaba la cabeza en su almohada, antes de conciliar el sueño. No había tenido la posibilidad de responderse cuando un domingo por la noche, en una de sus primeras semanas trabajando tras la barra y mientras limpiaba la licuadora, alguien lo rozó por detrás. Aún no se acababa de acostumbrar a que las mujeres, especialmente las maduras, lo cargosearan con cualquier excusa, intentando tocarle el pecho, los hombros o la espalda. Pero jamás un pellizco tan abajo. Ruborizado, con una sonrisa incontenible se dio media vuelta, para ver quién era la atrevida. Jamás hubiese imaginado con lo que se iba a encontrar.
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     La noticia parecía una broma de mal gusto. Matthieu aún recordaba la ceremonia de consagración hace poco más de un mes, con la “fumata blanca” saliendo de la pared lateral de la Capilla Sixtina mientras se repetían las imágenes de transmisión en todos los canales del mundo.

–Mire, si esto es mentira, le aseguro que lo lamentará mucho. Aquí seguro tienen un identificador  y....  

–Claro que lo lamento mucho –interrumpió la voz-. Me encantaría estar bromeando –en ese momento su voz se hizo más débil y le costó seguir hablando–, pero lamentablemente encontraron su cuerpo inerte hace poco más de una hora.  

Matthieu Phillips se dio cuenta de que aquello no era ningún chiste. Su cabeza se reaco- modó. Georg Weinandt era un reconocido sacerdote alemán. Había sido designado por Antonio de las Mercedes como su secretario personal desde su asunción como Sumo Pontífice.

"¿Pero qué le sucedió? ¿Hace cuánto que pasó?".  Las preguntas se agolparon en la mente de Matthieu sin poder llegar a intuirlas siquiera.   

-Sé que es duro, hay cosas difíciles de asimilar –dijo la voz seriamente. El plan de Dios suele ser incomprensible para nosotros –agregó-. Pero no le puedo contar detalles por aquí. Tiene que venir ahora mismo al Vaticano. Un avión de línea privada lo estará esperando en menos de una hora en el aeropuerto de Matacán, en Salamanca. Como teólogo y amigo personal de Anto- nio que usted era, quizá podría ayudar a descifrar su muerte. 

“¿Descifrar su muerte?” 

-¿Descifrar su muerte? Pero… ¿No falleció por causas naturales? ¿Tenía alguna enfermedad? –Matthieu seguía sin entender.  

-Se están realizando los procedimientos en torno a su cuerpo en este momento. Pero hay… -la voz del secretario se desaceleró, como midiendo sus palabras- …Hay cosas que no terminan de encajar. Necesitamos alguien de extrema confianza. 

“Son El Vaticano, pueden pedirle ayuda al Servicio de Inteligencia Italiano y quieren que yo los ayude a descifrar su muerte”.  

-Sinceramente, señor, no sé en qué puedo servir de ayuda –dijo Matthieu. 

–Está bien, no puedo obligarlo –dijo secamente la voz–. Me imagino el momento que debe estar pasando. Sólo pensé que usted podría ayudarnos, perdone entonces si lo…  

–No dije que no tampoco –interrumpió Matthieu-. Dígame cuál es el número de avión y en qué salida lo espero. 
12


     Salvatore se perdió un instante en sus recuerdos. En ellos un hombre maduro lo miraba fijo. Era alto y vestía de manera discreta e informal. Desorientado, Salvatore pensó en reaccionar. Pero titubeó un instante y luego ya era tarde. 

-Prepárame algo fuerte con tequila –exclamó el sujeto que un instante antes le había pellizcado su trasero, colocando un billete de 100 euros sobre la mesa. 

“Eso alcanza para bastante más que un trago”, pensó Salvatore, que ganaba lo mismo en varios días de trabajo. 

-Lindo lugar, ¿trabajas aquí siempre? -dijo el hombre mientras fingía una sonrisa-. Nunca te había visto. 

-Es mi segunda semana –respondió Salvatore tímidamente, mientras le echaba tres medidas de whisky y otras tres de jugo de sandía al tequila. 

-Claro, había un muchachito muy simpático anteriormente, lo conocía -dijo amablemente-. ¿Y pagan bien? 

-No, realmente no demasiado. Pero tengo otros dos trabajos, y necesito la plata ¿sabe? -dijo Salvatore-. Y todo suma -añadió. 

“El dinero, el objeto más desagradecido que existe. Por él mentimos, robamos, matamos y nos esclavizamos. Él, a cambio, no nos permite siquiera llegar a fin de mes”.

-Sí, me imagino que necesitas el dinero, todos lo necesitamos. En esta sociedad si no 
pagas nada es porque no estás vivo. La cuestión es… ¿qué es lo que uno está dispuesto a hacer por él? -dijo el hombre mirándolo fijo. 

-Bueno, cuando uno lo necesita realmente como para subsistir, creo que eso es lo de menos –acotó Salvatore ingenuamente, mientras le colocaba dos cerezas al “Mad Summer”. 

-Ah, ¿eso es lo de menos? –preguntó irónicamente el individuo. 

-Sí –acotó Salvatore. Salvo que sea, no sé, cometer un delito, no se me ocurre que otra cosa podría dejar de hacer. Soy muy sacrificado y no le tengo aversión a los trabajos, señor. 

“Mira qué interesante, haces cualquier cosa por dinero”, pensó el sujeto mientras le daba un sorbo al trago. “Me gustaría saber hasta dónde eres capaz de llegar, muchacho”. 

-Y dime, nunca había venido a este lugar un domingo, ¿siempre se llena así de gente-curioseó. 

-No como un viernes, pero sí, igual vienen muchas señoritas -respondió Salvatore-. 

“Mujeres. Imperfectas. Inferiores”, pensó el sujeto, mientras dejaban de sonar las “cortinas”, pequeñas piezas de música ligera que se usaban generalmente para separar las tandas de tres o cuatro temas. Parecía que comenzaba la temática de tangos clásicos, iniciada por “La cumparsita”. 

-Ah mira… y de hombres también me imagino que se llena ¿no? -dijo el sujeto a la vez que guiñaba un ojo-. Bueno, muchacho, me iré a dar una vuelta, no quiero que venga tu novia y piense que le estoy robando tiempo –masculló. 

-No, quédese tranquilo, no tengo novia. 

-¿No? –dijo mientras se acomodaba de nuevo en la barra 

-Qué raro, bueno, me imagino que debe ser más divertido en cantidad que una sola -acotó. 

Salvatore sonrió, nervioso, mientras buscaba el vuelto. 

-Ni varias ni una sola. No he salido con chicas aún –dijo por lo bajo. 

El sujeto sintió la excitación que crecía por dentro.

-Aquí tiene su vuelto, señor –dijo Salvatore.

-Oh no, quédatelo, quédatelo. 

La cara de Salvatore se iluminó. 

-Es mucho dinero, señor, no puedo aceptarlo. 

-No, ¡qué más da! –dijo el hombre moviendo las manos-. Ha sido muy interesante la charla contigo y el dinero no es problema para mí –se levantó de su asiento-. Sabes, tengo varias empresas aquí en Roma, y estoy buscando un administrador para una de ellas. Pareces un muchacho inteligente… –bajó el tono de voz- …eres bien parecido y quizás podrías… 

Salvatore experimentó la adrenalina corriendo por su cuerpo. “¿Yo manejando una empresa?” Eso parecía delicado. Hacía muchos años que no tocaba un libro financiero o contable, exactamente desde los exámenes… 

-…Pero claro, solamente me pareció por un instante, quizás no tengas las agallas para hacerlo…-dijo el sujeto mientras dejaba el vaso en la mesa-. Disculpa, haz de cuenta que no te dije nada. 

Salvatore sintió como otra buena oportunidad se le escapaba de las manos. Ya había dejado pasar muchas en su vida. 

-No espere, nunca dije que no –se apresuró a decir–. Desde que terminé el bachiller -mintió- que no repaso un libro, y he tenido algunos problemas familiares…-vaciló un instante- pero si me da una oportunidad… -sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas- le aseguro que no la dejaré escapar. Tendrá el mayor esfuerzo y la mayor atención que alguien le pueda dar, se lo aseguro. 

Salvatore vio como el sujeto dudaba. Una gota de transpiración corrió por el rostro del joven, más por los nervios que por el calor reinante en el bar. Sabía que la respuesta podía cambiarle el futuro, hasta quizás la vida. No se equivocaba.

-Mmm... Es que... ¿sabes una cosa? Mañana debo viajar a primera hora. Hasta la próxima semana no volveré a Roma y mi secretaria personal no se encuentra aquí y lo cierto es que ya había un par de candidatos para el puesto y pensaba quedarme con alguno de ellos, no tengo más tiempo para seguir realizando procesos de selección –abrió las palmas de sus manos-, tú sabes, cuando los tiempos apremian… -en ese momento lanzó una mirada rápida sobre Salvatore, del que había conseguido por completo su atención. Al costado de la barra, desde hace rato una joven esperaba que la atendieran. Observó sus prominentes pechos que intentaban salirse por un escote. Le repugnó. En contraposición, le echó una rápida mirada a los brazos de Salvatore. Se veían fuertes, marcados. 

Salvatore sintió que otra oportunidad se le escabullía. A su derecha una rubia muy bonita de generosas curvas intentaba llamar su atención, pero a él no le importaba. Este sujeto parecía poderoso y poseía un magnetismo que le había llamado imperiosamente la atención. Medía cuidadosamente sus palabras y hablaba pausado, con una sensación de paz y serenidad, pero siempre dando muestras de convencimiento. Debía jugarse una última carta. 

-Disculpe señor, sé que lo que le voy a decir le va a sonar insólito, pero en la vida hay veces que uno tiene oportunidades que no debe dejar pasar y creo que esta es una de esas –pegó su cuerpo lo más que pudo sobre la barra-. Con gusto hablaría toda la noche con usted, pero debo seguir trabajando –hizo un pequeño ademán hacia donde estaba esperando la muchacha- pero… ¿Le sería muy extraño si le pidiera por favor que le realice una entrevista de trabajo a un joven en un horario excepcional? –mostró su mejor sonrisa–. Digamos, ¿cuando salga de aquí? -Salvatore cruzó los dedos-. Le aseguro que no se arrepentirá. 

El sujeto sintió el dulce sabor del éxito en su cuerpo. Lo tenía en sus manos. El muchacho había mordido el anzuelo. 

-Bueno, no te voy a negar que sería la entrevista que más tarde haya realizado jamás en mi vida, o la más temprano, según cómo lo mires –sonrió, mientras se relamía por dentro–. Pero me gusta tu valor, muchacho. Haré una excepción, ¿a qué hora sales de este lugar? –acotó, mientras se preparaba cual puma a saltar sobre un alce–. Era la presa perfecta. Salvatore respiró. 

-A las 4:00 de la mañana cierro. Debo limpiar un poco, rendir la caja y… en 30 minutos puedo estar afuera. 

-Perfecto, te espero en el bar del hotel donde me alojo, se encuentra a unos veinte minutos de aquí. Trata de no llegar muy tarde, a las seis debo partir –dijo a la vez que le entregaba una tarjeta. 

La cara de Salvatore se iluminó. Sintió una intensa alegría. 

-Gracias señor, le agradezco esta oportunidad. Le aseguro que haré todo lo posible para satisfacerlo –dijo, mientras metía la tarjeta en el bolsillo de su campera. 

“Ya lo creo que lo harás”, pensó el sujeto, mientras se retiraba de la barra. 

A las tres y media de la mañana, Salvatore comenzó a guardar las botellas de licor. A esa hora ya nadie haría un pedido. Acomodó los pocillos con pochoclo y las servilletas. Pasó un trapo por el piso. Luego guardó los vinos, acomodó las botellas de cerveza vacías y lavó algunas copas. Estaba extenuado, la noche había sido agitada. Mucha gente, muchos tragos. Había estado de aquí para allá todo el tiempo y le pesaban las piernas, le dolía la cabeza. Terminó de hacer la caja, saludó a un par de muchachos de seguridad y salió a la calle. Miró su reloj de pulsera. Marcaba las 4:20. Se metió la mano en su campera. Revolvió dentro de un bolsillo. Luego en el otro. 

“¿Dónde la había metido?”. Entonces buscó en sus jeans. Adelante, detrás. Nada. Revisó en su bolso. 

“No puede ser, estoy seguro que la he guardado”. 

El dolor en su cabeza se hizo más punzante. Lo único que deseaba era echar su cuerpo sobre una cama. Pensó en irse a su casa. 

“Vamos Salvatore, haz un intento”, se dijo. Entró en la discoteca, regresó a la barra. Tenía que estar por allí, estaba seguro que la había metido en algún lugar. Ahora sólo podía buscar la tarjeta. “Mi futuro”, pensó. Buscó en la caja fuerte, buscó en el depósito de bebidas. Nada. Sacó todas las botellas de licor de su lugar y observó si no se había quedado pegada en su fondo. Buscó en el piso, hurgó en la basura. La tarjeta había desaparecido. Salvatore no había memorizado la dirección. Con los nervios, la había guardado sin observarla siquiera. “Maldición”, pensó. “Bueno, no será la primera vez que se me escabullen las oportunidades”, se consoló. Desanimado, se colgó el bolso sobre su hombro y cruzó la pista “Momotombo” hacia la salida por la Vía del Comercio, cuando escuchó un grito. Un sujeto de limpieza que echaba un balde de agua en el suelo le rugió en el oído. Sintió que su cabeza estallaba. 

-Muchacho, ¿buscabas algo? Porque he encontrado esto cerca de tu barra. Lo guardé pensando que quizás era tuyo -dijo el sujeto mientras extendía su mano-. 

Jamás alguien se puso más contento de ver un pequeño rectángulo de cartón.