viernes

6

En la sala principal del edificio de oficinas más grande del mundo, un teléfono sobre un escritorio sonó. Pero el que debía atenderlo no estaba allí. Del otro lado de la línea, a miles de kilómetros, alguien refunfuñó. Demasiado dinero había invertido en el asunto como para que se echase a perder. 
A pocos metros del teléfono que sonaba se encontraba Patty, la secretaría del número uno del departamento. Patty era joven y extremadamente bella, una combinación que podía ser letal para ascender en los cargos en cualquier trabajo de cualquier parte del mundo, más aún en burocracias estatales.

“¿Dónde se encuentra que no contesta?", pensó mientras lo llamaba por el interno. Por más que era su secretaria privada, tenía terminantemente prohibido entrar a la sala principal sin autorización de su jefe. Y si intentase entrar, tampoco podría. Un complejo sistema digital compuesto por láser e identificación por retina daría aviso al sistema de seguridad central, que en tres segundos, si no en menos, estaría apuntando directamente a todo su cuerpo.

El teléfono dejó de sonar. Por el sonido del timbre era evidente que no se trataba de un número de línea, sino de un teléfono móvil. Lo raro era que se lo hubiera dejado olvidado. Llevaba ese lujoso chiche a todos lados con él, hasta cuando iba al baño. Alguien respondió en el interno.

-Sala de conferencias, ¿diga?

-Habla Patty Jefferson, ¿se encuentra Robert allí?

-Sí, está en una reunión privada.

-Dígale que es una urgencia.

Patty había aprendido en el poco tiempo que llevaba trabajando allí que era mejor pecar por insistente o fastidiosa que por moderada. Su trabajo era un debatirse constantemente sobre qué cosas consultar con su jefe y cuáles resolverlas sola, intentando adivinar los criterios de su superior. Como siempre, no podía evitar el reto de Robert con contestaciones del tipo “¿Me molestas para eso?”, cuando creía que eran cosas por las cuales valía la pena importunarlo y en cambio, otras del estilo “Creo que podías haberme avisado antes de este tema” cuando eran cuestiones que ella creía que podía manejarlas fácilmente sin ayuda. Pero era parte del trabajo, y sabía que una llamada al celular para Robert era un tema clasificado como “urgente”, especialmente cuando el que llamaba lo hacía para organizar un partido de golf o para irse de juerga. Además, alguna que otra vez Robert le había advertido que en el extraño caso que se dejase olvidado el celular en algún lado y este sonara, le diera aviso rápidamente.

-Patty, me dijeron que era urgente, ¿qué ha pasado? –dijo por fin la voz de su jefe.

-Robert, disculpa que te moleste, está sonando tu teléfono móvil en tu escritorio y sé la importancia que le das siempre a él...

-¿Era para eso? Ni te imaginas a quién he dejado esperando para venir a atenderte. Mi teléfono móvil puede esperar.

-Pero Robert, me has dicho que…

¡CLIC!

“Estúpido engreído. Bien que cuando vengo con un escote siempre tienes tiempo para hacerte el simpático”, pensó Patty.

***

Del otro lado Robert se apresuró a regresar al recinto principal.

“¿Será posible que no pueda distinguir entre un asunto urgente y uno de relativa importancia? Pensé que además de por bonita había llegado a ese puesto porque era un poco inteligente, Dios”

Robert dio dos pasos largos y cuando estaba a punto de volver a la sala recordó.

“El celular”. “¿Es que acaso Patrick se había echado atrás?”, pensó.

Eso no era posible. Un trato era un trato. La paga era grande y Patrick sabía además que en caso de arrepentirse, Robert contaba con técnicas de persuasión bastante más delicadas…

“¿O es que el que llamó pudo haber sido…?”

Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y comenzó a correr hacia su despacho.
7 

Matthieu fue recibido con un gesto de bienvenida de parte del conserje, pese a que su cara denotaba mucho sueño. Se acercó a la recepción al mismo tiempo en que este tomaba las llaves del casillero. 

-Aquí tiene, señor Phillippe. ¿Quiere que lo despierte a alguna hora en particular? 

Matthieu había visto el pronóstico del tiempo, que decía que iba a estar bueno por la mañana, sin demasiado frío y con sol. Pensó en salir a recorrer temprano el casco antiguo. 

-No, se lo agradezco, pero no hace falta. Pondré la alarma en mi reloj –dijo Matthieu, que llevaba consigo a todos lados su despertador. El conserje forzó una sonrisa.
  
-Que descanse bien entonces. 

“Claro que lo voy a hacer”, pensó Matthieu.  

Pasó al lado del ascensor y enfiló directamente para las escaleras. “Son sólo dos pisos”. 

Miró el cartoncito que acompañaba las llaves: “Habitación 45”. 

“4+5 = 9”, pensó Matthieu, que tenía la costumbre de reducir todos los números al sistema decimal. Era un aficionado a la numerología, la ciencia oculta que se ocupa de establecer una relación entre nuestra vida y la naturaleza. La numerología es actualmente considerada una pseudociencia, al igual que la astrología. No hubiese pensado lo mismo Pitágoras, que creía que los números poseían intrínsecamente un principio activo del cual dependían nuestras posibilidades y facultades.  

“Nueve. Interesante número”,  se dijo Matthieu, mientras continuaba subiendo escalones a la vez que observaba con atención los detalles clásicos de los pasamanos así como también los cuadros en las paredes.    

Dentro de la numerología, el 9 era considerado el número de las grandes realizaciones mentales y espirituales. Simboliza el fin de una fase de desarrollo espiritual y el comienzo de otra fase superior, simbolizado por el paso de las unidades a las decenas. Además, era un número que se regeneraba a sí mismo, ya que la suma de todos los números de un solo dígito daba por resultado el número 9 

 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 + 8 + 9
= 45 
= 4 + 5 
= 9

... y a su vez, si multiplicamos 9 por cualquier otro número decimal, luego reducidos y sumados entre sí daba como resultado el número 9. 

9 x 1= 9
9 x 2: 18 = 1 +8 = 9
9 x 3: 27 = 2 +7 = 9
9 x 4: 36 = 3 +6 = 9
9 x 5: 45 = 4 +5 = 9
9 x 6: 54 = 5 +4 = 9
9 x 7: 63 = 6 +3 = 9
9 x 8: 72 = 7 +2 = 9
9 x 9: 81 = 8 +1 = 9

Es por eso que los pitagóricos decían que era el número del narcisismo, ya que siempre volvía a él.  

Matthieu llegó a la puerta de su habitación. Introdujo su llave y esta se abrió. En un sillón, al costado de la ventana, dejó su bolso. Tomó su reloj despertador, y sin mirar la hora, llevó la aguja hacia el 9. Se quitó su saco y sus zapatos, y los dejó en una silla, junto con su pantalón y su camisa. Se dejó caer en la cama y cerró los ojos. Había sido un día hermoso, pero agotador al mismo tiempo. Cuando estaba a punto de dejar la vigilia para comenzar a transitar el sueño, se acordó de que había dejado la ventana abierta. Entonces se levantó y se dirigió hacia ella.    
  
***  

  Patrick observó por sus binoculares una habitación del segundo piso que cobraba vida. El sujeto había entrado. El grado binocular le decía que se encontraba a 70 yardas de distancia. Calculó la elevación. Calibró nuevamente y esperó en silencio. Momentos después el sujeto se aproximó a la ventana. Patrick se dispuso a gatillar.  


En el instante en el que se aprestaba a disparar sintió que algo vibraba. Su celular.

“¡¡Maldición!!”

El auricular manos libres se activó en su oreja izquierda. 

-¿Me oyes? 

-¿Robert? –contestó Patrick -. Qué importuno eres. 

-¿Has terminado con el objetivo? –preguntó Robert–. Su voz se notaba tensa.    
-Si no me hubieras llamado es muy probable que sí. 

Entonces se escuchó un suspiro de alivio del otro lado de la línea. 

-Pat, hay un cambio de planes. Escúchame con atención.

8

     La joven subió los peldaños de la elegante escalera de madera con una gran bandeja de plata entre sus manos, llevando en ella una taza de té caliente junto a un recipiente con terrones de azúcar y dos tostadas con pocillos de fino queso suizo y mermelada de ciruela. Golpeó suavemente la puerta una vez. Esperó. Golpeó otra vez, con mayor entusiasmo. Sabía que el Sumo Pontífice había estado recluido toda la semana y tenían expresas órdenes de no molestarlo. A sus pedidos, la novicia acudía inmediatamente, pero siempre con reserva y paciencia. Se sorprendió de que esta vez no respondiera, era la hora del desayuno. El sol comenzaba a aparecer en los últimos destellos del lluvioso otoño romano. 

“¿Se habrá quedado dormido?”, pensó. Sabía que tenía prohibido entrar en el cuarto sin autorización, pero también sabía que recibiría una reprimenda del secretario en caso de que volviese con la bandeja llena. Joven e impaciente, la muchacha se decidió a abrir la puerta del cuarto. Pero su señoría no estaba en su cama. La misma se encontraba en perfecta posición sin haber sido desordenada, como si nadie hubiese dormido allí esa noche. El cuarto tenía sólo una luz encendida y la ventana completamente cerrada. El desagradable olor a encierro era total. En la casi completa oscuridad, la joven divisó una pequeña vela encendida. 

“El señor está rezando, por eso no escuchó los golpes”, pensó. Se dirigió con sigilo hacia la luz en la cual le pareció distinguir un cuerpo en el suelo. 

–Señor, lamento molestarlo, pero toqué la puerta varias veces y al no escuchar respuesta decidí entrar, aquí le dejo el... 

Jamás terminaría la frase.
9
Los alaridos se escuchaban en su tono máximo a medida que se acercaba al pantano. La aspereza de sus manos se confundía con la granilla de las piedras y la grasosa casposidad del cabello no se abstenía de infectarle de hongos la membrana, casi piel. Las uñas largas y amarillas de los pies no hacían menos que recordar a las raíces de las legumbres podridas. El olor a azufre era insoportable, pero peor aún era el fuego que le quemaba el cuello y chamuscaba por completo su piel, logrando que las ampollas explotasen una y otra vez, manchándole el cuerpo de sangre y confundiéndolo con la carne. Las gotas de sudor que le corrían por la frente y morían en su boca repugnaban su gusto, que evocaba a miseria de plato de sobras de vísceras de bestia salvaje. Aun así, presa del paroxismo y en el límite de la cordura, siguió internándose por la cueva, buscando el final. En un tramo el estrecho se hizo más pequeño y el sujeto debió pasar arrastrándose. La luz al final del túnel se hacía cada vez más intensa y deslumbraba sus ojos al borde de la ceguera, obligándolo a aumentar el ritmo de sus desplazamientos, preso de su desesperación por llegar. Los ojos no cesaban de lagrimear debido al polvo y su nariz comenzó a gotear sangre. Podía sentir el ambiente espeso por la falta de aire que se hacía cada vez más evidente, y cuando el nudo llegó a su garganta abrió la boca con todas sus fuerzas intentando aspirar un poco más de oxígeno. Pero fue en vano. Todo lo que sintió fueron las partículas de tierra mezcladas con diversas clases de insectos que en cantidades se introducían por su boca. El ruido de una alarma comenzó a sonar. Bajó su mirada al mismo tiempo que sus rodillas se desangraban y las sanguijuelas se disputaban los trozos de su espalda. No sabía qué era lo que lo impulsaba a seguir pero sin preguntárselo lo hacía. Hasta la luz tenía que llegar.
Matthieu Phillippe se despertó transpirado y con dolor de cabeza. No podía creer que estuviera soñando, todo parecía tan real. Había tenido exactamente el mismo sueño una vez por semana durante todo el último mes, pero esta vez era... Y la alarma del sueño seguía sonando.
"¿Ya las 9?", pensó Matthieu. Sintió que se había acostado hacía tan sólo unos minutos. Tanteó en la mesita de luz el despertador con los ojos semiabiertos y bajó la tecla de un golpe. 

Pero el sonido continuó. Alcanzó a distinguir la hora. Las 23:59. 

"Cómo era posible?". 

Observó el teléfono de pared. Entonces, saltó de la cama y se lanzó sobre él, atendiendo de un tirón.

¿Matthieu Phillippe? –dijo una voz amable.

Sí, él habla, ¿con quién tengo el gusto?

-Gracias a Dios, ya estaba a punto de cortar. Le pido disculpas por llamarlo a estas horas, señor Phillippe. Pero creo que por la gravedad de la noticia no podía esperar –replicó la voz.
Matthieu pensó por un momento en su anciana madre, para recordar al instante que hacía poco tiempo había muerto.
-¿Quién habla y qué pasó? -disparó.
Georg Weinandt es mi nombre-. Lamento informarle que su amigo Antonio ha muerto.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Matthieu.

–¿Quién?  
–Su señoría, Antonio de las Mercedes, Valentín II.  
10 

     Salvatore Ferrucci tenía un trabajo que a los ojos de los demás hubiese resultado extraño. Toda su existencia había sido un buscavidas. No había estudiado ninguna carrera universitaria e incluso le faltaba aprobar un par de materias para terminar la educación secundaria. Con veintiún años, su vida había tomado carriles más extraños de lo que jamás hubiese imaginado. De joven pensaba que estudiar no era lo suyo. No porque careciera de inteligencia, todo lo contrario. En la clase, siempre era el más cadpaz para diversas especialidades: las ciencias, los idiomas y las matemáticas. A diferencia de sus compañeros, que se pasaban muchas horas estudiando para alcanzar una nota que les permitiera aprobar, él no estudiaba, se presentaba a rendir con lo que recordaba de las clases. Sólo tenía un pequeño –gran– inconveniente: se dispersaba demasiado. De niño sus maestras se sorprendían de su capacidad a la vez que se fastidiaban por su falta de atención. No tenía inconvenientes para resolver problemas matemáticos, ni para realizar sus tareas, pero fallaba en labores que requerían mantener la atención por un tiempo prolongado. En la clase de matemática, mientras su profesor explicaba el teorema de Pitágoras, él dibujaba. En las clases de dibujo, él leía. Y así, cada vez que debía escuchar al maestro leer textos, su mente se iba para ya no volver. Todo le era monótono. A la media hora de comenzar con alguna tarea, se aburría, se cansaba y entonces la dejaba y emprendía otra. Hasta que un día todo se agravó. Llegó un punto en el cual no podía estudiar, no podía leer, no podía realizar sus tareas. La situación se volvió insostenible. Su profesora de cuarto grado le advirtió a su familia que de esa manera no podía aprobarlo. Iba a tener que repetir el curso. Sus padres, asustados, lo enviaron a maestros para que tomara clases particulares, lo pasearon por distintos médicos, y luego lo llevaron a realizar terapia. Pero nadie podía dar en el punto clave. Cansados y sin demasiada esperanza, se les ocurrió ir a un neurólogo. Este lo mandó a realizarse una tomografía que determinó que su cerebro trabajaba de una manera atípica. Tenía un déficit en la acción inhibitoria de ciertos neurotransmisores como la dopamina, la serotonina a nivel de la corteza prefrontal. Si bien no había podido determinarse si los problemas eran patológicos, sí en cambio que eran trastornos neurológicos de origen genético. Al escuchar todo eso por parte del médico, los padres se sentían cada vez más perdidos. ¿Su hijo sería un retrasado?  ¿Cómo iban a criarlo? Pero lejos estaba de eso. Luego de realizarse diversos test, el neurólogo determinó que su cociente intelectual era de 185, casi el doble de la media, que se encontraba en 100. Su enfermedad entonces ya tenía nombre. Poseía un TDAH o Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad. El doctor les comentó que se había verificado que la gente que padecía este trastorno ponía en riesgo su vida en mayor manera que el resto al aumentar las posibilidades de sufrir por distracción un accidente en la vía pública, pero que etiquetar a los niños como mentalmente trastornados era falso y contraproducente y afectaba de esa manera a su autoestima y las relaciones con los demás, ya que inevitablemente se lo rotulaba como un ser “diferente” y no se lograba otra cosa que inducirlo a que se comportara como tal, como si se tratase de un adicto o un criminal. Pero sí en cambio se podía comenzar con alguno de los tratamientos más eficaces, que consistían en psicoestimulantes como el sulfato de anfetamina, los cuales se habían comprobado que modificaban positivamente los síntomas.

 “Drogas”. Eso fue todo lo que su madre necesitó escuchar. Ya bastantes experiencias negativas había tenido en su familia por las adicciones de su esposo a la bebida. 

“Mi hijo no es un retrasado. ¿Drogarlo de joven simplemente porque no podía mantener su atención en una cosa a la vez? No señor, de ninguna manera. ¿Y quién dijo que hay que realizar una sola cosa por vez? ¿Quién dicta que solamente hay que estudiar una sola profesión, realizar un solo trabajo? ¿El sistema de distribución capitalista quizá? Si seguro que la maestra que le da clases no tiene ni la mitad de la capacidad de mi hijo”, pensó. 

“Si mi hijo no puede adaptarse al sistema imperante, entonces quizás el entorno deba adaptarse a él”. No iba a permitir que modificaran su personalidad, que lo convirtieran en otro robot del sistema. 

Así creció Salvatore, bien lejos de la escuela, entre maestros particulares. Pese a los consejos de su médico, tuvo una completa educación autodidacta. Su madre pretendió potenciar todas sus facultades, imaginando que eso era lo mejor para el pequeño genio. Si su objetivo era no aislarlo del sistema, pues hizo todo lo contrario. Salvatore ya no iba cinco horas por día a un curso. Ahora tomaba clases con profesores particulares durante diez horas por día. Tenía horarios bien estrictos: clases de Matemáticas por la mañana, luego practicaba deportes, tenis y natación. Por la tarde aprendía los secretos y estrategias del ajedrez. Luego, algo de ciencias. Otros días economía, contabilidad, finanzas, idiomas y leyes. Salvatore ya no era un ser hiperactivo: ahora era un robot. No tenía la capacidad de decidir qué realizar ni cuándo. No tenía amigos. Con tan sólo diez años y una inteligencia de un joven de dieciocho, su madre razonó que podía rendir niveles más altos de la escuela, incluso dar todo el bachiller. Cuando a los once años sus educadores creyeron que ya estaba listo para rendir libre toda la educación secundaria, se lo comunicaron a su madre, quien lo inscribió en un instituto de adultos. Allí fue Salvatore, sin entender en donde había dejado olvidada su infancia. La madre había planificado todo a la perfección, pero no había reparado en lo más importante: su hijo aún era un niño. Y por más inteligente que pudiera llegar a ser, no se podían adelantar los plazos de maduración. En los exámenes escritos, Salvatore fracasó estrepitosamente. No entendía que hacía allí con personas que tenían cinco, seis y más años que él y que se habían preparado durante años para rendir. En las pruebas de literatura, no podía completar las oraciones. Los problemas de matemática más simples se habían vuelto criptogramas. Cuando tuvo que rendir el examen oral de lengua sucedió lo peor. Había comenzado bien con las oraciones y los verbos, parecía que su cerebro había comenzado a funcionar. Hasta que divisó a su madre tras un vidrio, observándolo. Y no pudo seguir hablando. Sus neuronas no podían realizar el mecánico pasaje entre lo que su razón representaba y lo que su boca quería pronunciar. El aire nunca llegó a su laringe y su cerebro entró en shock. Había sido demasiada presión. Y el que alguna vez fue considerado un niño “brillante” terminó orinándose enfrente de toda la clase. 

Con el paso del tiempo, Salvatore pudo salir adelante. La que jamás logró hacerlo fue su madre. Había gastado todos sus ahorros y empeñado todos sus bienes en el futuro de su hijo. Dos meses después, su corazón no aguantó. Con tan solo treinta y ocho años murió víctima de un infarto. Salvatore quedó al cuidado de su única abuela, la madre de su madre, que no estaba mucho mejor. A los catorce años el joven se dio cuenta de que se había convertido en un estorbo, su abuela contaba con una pensión de su esposo con la cual hacía malabares para darle un plato de comida. Los caldos con fideos y la polenta aguachenta se repetían incansablemente, día tras día. Cuando tenía quince años su abuela falleció por un cáncer terminal y entonces Salvatore se dio cuenta de que realmente estaba solo en el mundo. Y que tenía que hacer algo para ganarse el pan. Y ese niño mimado y absorbido por su madre, en lugar de deprimirse, creció de golpe. Debió salir a trabajar. Las leyes que había aprendido no tenían ningún sustento allá afuera. Para nada habían servido las clases de ciencia ni las de estrategia de ajedrez en ese mundo real. O al menos, eso pensaba. Tomó cuanto trabajo vio a su alcance: Limpió zapatos en la estación, vendió naranjas en la calle, cargó con bolsas en el puerto, dio clases de computación. Luego, consiguió trabajo de “barman” en Alpheus, una discoteca con capacidad para más de dos mil personas ubicada en Ostiense, uno de los 35 “quartieres” en los que se divide Roma. Allí se realizaban distintos espectáculos y se fusionaban diversos estilos (los martes había eventos artísticos destinados a los estudiantes, teatro y jazz los miércoles, conciertos los jueves, Dj´s en vivo los viernes, fiestas de la comunidad gay los sábados y días de tango y milonga los domingos, en donde la edad promedio del público aumentaba). 

Salvatore trabajaba duro, pero por lo menos podía descansar los lunes, día en que la disco cerraba. Para ese entonces, con dieciséis años, ya se había convertido en todo un hombre. Era alto, castaño y bien parecido. Tenía un cuerpo atlético y formado, sin un gramo de grasa, producto de la combinación de sus trabajos y de la escasa posibilidad de colmarse el estómago con comida. También se había convertido en un ser sumamente introspectivo. Aún no había perdido la virginidad y jamás había tenido demasiado contacto con las mujeres, tan sólo insignificantes charlas con algunas chicas que coqueteaban en la barra mientras le pedían que les preparase un trago. 

“¿Seré gay?”, pensaba cuando apoyaba la cabeza en su almohada, antes de conciliar el sueño. No había tenido la posibilidad de responderse cuando un domingo por la noche, en una de sus primeras semanas trabajando tras la barra y mientras limpiaba la licuadora, alguien lo rozó por detrás. Aún no se acababa de acostumbrar a que las mujeres, especialmente las maduras, lo cargosearan con cualquier excusa, intentando tocarle el pecho, los hombros o la espalda. Pero jamás un pellizco tan abajo. Ruborizado, con una sonrisa incontenible se dio media vuelta, para ver quién era la atrevida. Jamás hubiese imaginado con lo que se iba a encontrar.
11
     La noticia parecía una broma de mal gusto. Matthieu aún recordaba la ceremonia de consagración hace poco más de un mes, con la “fumata blanca” saliendo de la pared lateral de la Capilla Sixtina mientras se repetían las imágenes de transmisión en todos los canales del mundo.

–Mire, si esto es mentira, le aseguro que lo lamentará mucho. Aquí seguro tienen un identificador  y....  

–Claro que lo lamento mucho –interrumpió la voz-. Me encantaría estar bromeando –en ese momento su voz se hizo más débil y le costó seguir hablando–, pero lamentablemente encontraron su cuerpo inerte hace poco más de una hora.  

Matthieu Phillips se dio cuenta de que aquello no era ningún chiste. Su cabeza se reaco- modó. Georg Weinandt era un reconocido sacerdote alemán. Había sido designado por Antonio de las Mercedes como su secretario personal desde su asunción como Sumo Pontífice.

"¿Pero qué le sucedió? ¿Hace cuánto que pasó?".  Las preguntas se agolparon en la mente de Matthieu sin poder llegar a intuirlas siquiera.   

-Sé que es duro, hay cosas difíciles de asimilar –dijo la voz seriamente. El plan de Dios suele ser incomprensible para nosotros –agregó-. Pero no le puedo contar detalles por aquí. Tiene que venir ahora mismo al Vaticano. Un avión de línea privada lo estará esperando en menos de una hora en el aeropuerto de Matacán, en Salamanca. Como teólogo y amigo personal de Anto- nio que usted era, quizá podría ayudar a descifrar su muerte. 

“¿Descifrar su muerte?” 

-¿Descifrar su muerte? Pero… ¿No falleció por causas naturales? ¿Tenía alguna enfermedad? –Matthieu seguía sin entender.  

-Se están realizando los procedimientos en torno a su cuerpo en este momento. Pero hay… -la voz del secretario se desaceleró, como midiendo sus palabras- …Hay cosas que no terminan de encajar. Necesitamos alguien de extrema confianza. 

“Son El Vaticano, pueden pedirle ayuda al Servicio de Inteligencia Italiano y quieren que yo los ayude a descifrar su muerte”.  

-Sinceramente, señor, no sé en qué puedo servir de ayuda –dijo Matthieu. 

–Está bien, no puedo obligarlo –dijo secamente la voz–. Me imagino el momento que debe estar pasando. Sólo pensé que usted podría ayudarnos, perdone entonces si lo…  

–No dije que no tampoco –interrumpió Matthieu-. Dígame cuál es el número de avión y en qué salida lo espero. 
12


     Salvatore se perdió un instante en sus recuerdos. En ellos un hombre maduro lo miraba fijo. Era alto y vestía de manera discreta e informal. Desorientado, Salvatore pensó en reaccionar. Pero titubeó un instante y luego ya era tarde. 

-Prepárame algo fuerte con tequila –exclamó el sujeto que un instante antes le había pellizcado su trasero, colocando un billete de 100 euros sobre la mesa. 

“Eso alcanza para bastante más que un trago”, pensó Salvatore, que ganaba lo mismo en varios días de trabajo. 

-Lindo lugar, ¿trabajas aquí siempre? -dijo el hombre mientras fingía una sonrisa-. Nunca te había visto. 

-Es mi segunda semana –respondió Salvatore tímidamente, mientras le echaba tres medidas de whisky y otras tres de jugo de sandía al tequila. 

-Claro, había un muchachito muy simpático anteriormente, lo conocía -dijo amablemente-. ¿Y pagan bien? 

-No, realmente no demasiado. Pero tengo otros dos trabajos, y necesito la plata ¿sabe? -dijo Salvatore-. Y todo suma -añadió. 

“El dinero, el objeto más desagradecido que existe. Por él mentimos, robamos, matamos y nos esclavizamos. Él, a cambio, no nos permite siquiera llegar a fin de mes”.

-Sí, me imagino que necesitas el dinero, todos lo necesitamos. En esta sociedad si no 
pagas nada es porque no estás vivo. La cuestión es… ¿qué es lo que uno está dispuesto a hacer por él? -dijo el hombre mirándolo fijo. 

-Bueno, cuando uno lo necesita realmente como para subsistir, creo que eso es lo de menos –acotó Salvatore ingenuamente, mientras le colocaba dos cerezas al “Mad Summer”. 

-Ah, ¿eso es lo de menos? –preguntó irónicamente el individuo. 

-Sí –acotó Salvatore. Salvo que sea, no sé, cometer un delito, no se me ocurre que otra cosa podría dejar de hacer. Soy muy sacrificado y no le tengo aversión a los trabajos, señor. 

“Mira qué interesante, haces cualquier cosa por dinero”, pensó el sujeto mientras le daba un sorbo al trago. “Me gustaría saber hasta dónde eres capaz de llegar, muchacho”. 

-Y dime, nunca había venido a este lugar un domingo, ¿siempre se llena así de gente-curioseó. 

-No como un viernes, pero sí, igual vienen muchas señoritas -respondió Salvatore-. 

“Mujeres. Imperfectas. Inferiores”, pensó el sujeto, mientras dejaban de sonar las “cortinas”, pequeñas piezas de música ligera que se usaban generalmente para separar las tandas de tres o cuatro temas. Parecía que comenzaba la temática de tangos clásicos, iniciada por “La cumparsita”. 

-Ah mira… y de hombres también me imagino que se llena ¿no? -dijo el sujeto a la vez que guiñaba un ojo-. Bueno, muchacho, me iré a dar una vuelta, no quiero que venga tu novia y piense que le estoy robando tiempo –masculló. 

-No, quédese tranquilo, no tengo novia. 

-¿No? –dijo mientras se acomodaba de nuevo en la barra 

-Qué raro, bueno, me imagino que debe ser más divertido en cantidad que una sola -acotó. 

Salvatore sonrió, nervioso, mientras buscaba el vuelto. 

-Ni varias ni una sola. No he salido con chicas aún –dijo por lo bajo. 

El sujeto sintió la excitación que crecía por dentro.

-Aquí tiene su vuelto, señor –dijo Salvatore.

-Oh no, quédatelo, quédatelo. 

La cara de Salvatore se iluminó. 

-Es mucho dinero, señor, no puedo aceptarlo. 

-No, ¡qué más da! –dijo el hombre moviendo las manos-. Ha sido muy interesante la charla contigo y el dinero no es problema para mí –se levantó de su asiento-. Sabes, tengo varias empresas aquí en Roma, y estoy buscando un administrador para una de ellas. Pareces un muchacho inteligente… –bajó el tono de voz- …eres bien parecido y quizás podrías… 

Salvatore experimentó la adrenalina corriendo por su cuerpo. “¿Yo manejando una empresa?” Eso parecía delicado. Hacía muchos años que no tocaba un libro financiero o contable, exactamente desde los exámenes… 

-…Pero claro, solamente me pareció por un instante, quizás no tengas las agallas para hacerlo…-dijo el sujeto mientras dejaba el vaso en la mesa-. Disculpa, haz de cuenta que no te dije nada. 

Salvatore sintió como otra buena oportunidad se le escapaba de las manos. Ya había dejado pasar muchas en su vida. 

-No espere, nunca dije que no –se apresuró a decir–. Desde que terminé el bachiller -mintió- que no repaso un libro, y he tenido algunos problemas familiares…-vaciló un instante- pero si me da una oportunidad… -sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas- le aseguro que no la dejaré escapar. Tendrá el mayor esfuerzo y la mayor atención que alguien le pueda dar, se lo aseguro. 

Salvatore vio como el sujeto dudaba. Una gota de transpiración corrió por el rostro del joven, más por los nervios que por el calor reinante en el bar. Sabía que la respuesta podía cambiarle el futuro, hasta quizás la vida. No se equivocaba.

-Mmm... Es que... ¿sabes una cosa? Mañana debo viajar a primera hora. Hasta la próxima semana no volveré a Roma y mi secretaria personal no se encuentra aquí y lo cierto es que ya había un par de candidatos para el puesto y pensaba quedarme con alguno de ellos, no tengo más tiempo para seguir realizando procesos de selección –abrió las palmas de sus manos-, tú sabes, cuando los tiempos apremian… -en ese momento lanzó una mirada rápida sobre Salvatore, del que había conseguido por completo su atención. Al costado de la barra, desde hace rato una joven esperaba que la atendieran. Observó sus prominentes pechos que intentaban salirse por un escote. Le repugnó. En contraposición, le echó una rápida mirada a los brazos de Salvatore. Se veían fuertes, marcados. 

Salvatore sintió que otra oportunidad se le escabullía. A su derecha una rubia muy bonita de generosas curvas intentaba llamar su atención, pero a él no le importaba. Este sujeto parecía poderoso y poseía un magnetismo que le había llamado imperiosamente la atención. Medía cuidadosamente sus palabras y hablaba pausado, con una sensación de paz y serenidad, pero siempre dando muestras de convencimiento. Debía jugarse una última carta. 

-Disculpe señor, sé que lo que le voy a decir le va a sonar insólito, pero en la vida hay veces que uno tiene oportunidades que no debe dejar pasar y creo que esta es una de esas –pegó su cuerpo lo más que pudo sobre la barra-. Con gusto hablaría toda la noche con usted, pero debo seguir trabajando –hizo un pequeño ademán hacia donde estaba esperando la muchacha- pero… ¿Le sería muy extraño si le pidiera por favor que le realice una entrevista de trabajo a un joven en un horario excepcional? –mostró su mejor sonrisa–. Digamos, ¿cuando salga de aquí? -Salvatore cruzó los dedos-. Le aseguro que no se arrepentirá. 

El sujeto sintió el dulce sabor del éxito en su cuerpo. Lo tenía en sus manos. El muchacho había mordido el anzuelo. 

-Bueno, no te voy a negar que sería la entrevista que más tarde haya realizado jamás en mi vida, o la más temprano, según cómo lo mires –sonrió, mientras se relamía por dentro–. Pero me gusta tu valor, muchacho. Haré una excepción, ¿a qué hora sales de este lugar? –acotó, mientras se preparaba cual puma a saltar sobre un alce–. Era la presa perfecta. Salvatore respiró. 

-A las 4:00 de la mañana cierro. Debo limpiar un poco, rendir la caja y… en 30 minutos puedo estar afuera. 

-Perfecto, te espero en el bar del hotel donde me alojo, se encuentra a unos veinte minutos de aquí. Trata de no llegar muy tarde, a las seis debo partir –dijo a la vez que le entregaba una tarjeta. 

La cara de Salvatore se iluminó. Sintió una intensa alegría. 

-Gracias señor, le agradezco esta oportunidad. Le aseguro que haré todo lo posible para satisfacerlo –dijo, mientras metía la tarjeta en el bolsillo de su campera. 

“Ya lo creo que lo harás”, pensó el sujeto, mientras se retiraba de la barra. 

A las tres y media de la mañana, Salvatore comenzó a guardar las botellas de licor. A esa hora ya nadie haría un pedido. Acomodó los pocillos con pochoclo y las servilletas. Pasó un trapo por el piso. Luego guardó los vinos, acomodó las botellas de cerveza vacías y lavó algunas copas. Estaba extenuado, la noche había sido agitada. Mucha gente, muchos tragos. Había estado de aquí para allá todo el tiempo y le pesaban las piernas, le dolía la cabeza. Terminó de hacer la caja, saludó a un par de muchachos de seguridad y salió a la calle. Miró su reloj de pulsera. Marcaba las 4:20. Se metió la mano en su campera. Revolvió dentro de un bolsillo. Luego en el otro. 

“¿Dónde la había metido?”. Entonces buscó en sus jeans. Adelante, detrás. Nada. Revisó en su bolso. 

“No puede ser, estoy seguro que la he guardado”. 

El dolor en su cabeza se hizo más punzante. Lo único que deseaba era echar su cuerpo sobre una cama. Pensó en irse a su casa. 

“Vamos Salvatore, haz un intento”, se dijo. Entró en la discoteca, regresó a la barra. Tenía que estar por allí, estaba seguro que la había metido en algún lugar. Ahora sólo podía buscar la tarjeta. “Mi futuro”, pensó. Buscó en la caja fuerte, buscó en el depósito de bebidas. Nada. Sacó todas las botellas de licor de su lugar y observó si no se había quedado pegada en su fondo. Buscó en el piso, hurgó en la basura. La tarjeta había desaparecido. Salvatore no había memorizado la dirección. Con los nervios, la había guardado sin observarla siquiera. “Maldición”, pensó. “Bueno, no será la primera vez que se me escabullen las oportunidades”, se consoló. Desanimado, se colgó el bolso sobre su hombro y cruzó la pista “Momotombo” hacia la salida por la Vía del Comercio, cuando escuchó un grito. Un sujeto de limpieza que echaba un balde de agua en el suelo le rugió en el oído. Sintió que su cabeza estallaba. 

-Muchacho, ¿buscabas algo? Porque he encontrado esto cerca de tu barra. Lo guardé pensando que quizás era tuyo -dijo el sujeto mientras extendía su mano-. 

Jamás alguien se puso más contento de ver un pequeño rectángulo de cartón.
     13

     Matthieu abrió los ojos y sintió un chispazo que lo dejó ciego por unos instantes. A medida que el auto disminuía la velocidad comprobó con un ojo lo que presentía: había llegado a una de las instituciones más extrañas y poderosas sobre la faz de la tierra: la Ciudad del Vaticano. Nacida del Tratado de Letrán de 1929, era reconocida universalmente como un ente soberano de derecho público. Situada sobre una colina al oeste del Río Tíber y completamente amurallada, el estado más pequeño del mundo era el poder supremo en cuestiones de una fe que profesaban cerca de setecientos millones de personas de todo el planeta y en donde se concentraba el más rico patrimonio artístico, superando a cualquier otro lugar conocido. Allí, donde no existían parlamentos ni división de poderes y el que la presidía tenía un poder que descendía de un dios, habitaban ochocientas personas, pero sólo una fracción poseía la ciudadanía y se estimaba que muy pocos pasaban las noches dentro de las murallas medievales que la rodeaban. La mitad de sus 44 hectáreas de superficie estaban ocupadas por sus espléndidos jardines. Aun así, quedaba espacio para cobijar a la segunda basílica más grande del mundo, cincuenta edificios con diez mil habitaciones, doce mil quinientas ventanas y mil escaleras, interminables galerías, veinte patios, seis templos, tres cementerios, cuatro oficinas postales, un hostal, cuatro cuarteles, un monasterio de clausura, un refugio de pobres, un puesto de bomberos, una imprenta, un auditorio, una estación ferroviaria, una librería, una farmacia, una fábrica de mosaicos, un taller de arreglo de tapices y hasta una cárcel. Lo que no sabían muchas de las más de cuatro millones de personas que lo visitaban anualmente era que El Vaticano se encontraba sobre una colina en la que veinte siglos atrás se levantaba el circo privado de Nerón, en donde para su diversión y la del pueblo, los cristianos solían ser usados como comida para alimentar a los leones. 

El sol brillaba en lo alto de Roma. La temperatura alcanzaba los 18 grados y parecía querer seguir en aumento. Matthieu movió su cabeza en forma circular mientras pasaba su mano sobre su cuello intentando aliviar sus músculos. Había dormido durante todo el viaje. Miró su reloj de pulsera. El minutero se esforzaba por alcanzar a la aguja horaria que lenta pero fielmente cumplía con su cometido. Las 11:55 am. Hacía tan sólo poco más de tres horas estaba en el aeropuerto de Matacán, en Salamanca, intentando descifrar cuál sería el avión privado del Vaticano. Y hacía tan sólo tres cuartos de hora ese mismo avión había aterrizado en el Aeropuerto de Fiumicino, en Roma, en donde lo había estado aguardando un coche azul marino en cuya placa se leía la inscripción SCV o Statto Cittá del Vaticano, perteneciente a un empleado acreditado ante la Santa Sede. Mientras Matthieu terminaba de despertarse y sus ideas comenzaban a tomar forma, una sensación de tristeza lo invadió por completo. No sabía que había sucedido aún, pero lamentablemente el llamado que lo había sacado de la cama no había sido una broma de mal gusto ni nada de eso. Jamás volvería a ver a Antonio. 

El auto que lo transportaba disminuyó la velocidad al mínimo mientras Matthieu hizo un esfuerzo por observar sobre el vidrio polarizado. Un joven alto y delgado se acercó e intercambió unas palabras en italiano con el chófer, que mostró su credencial. El muchacho llevaba una casaca, bombachos y medias sujetas a la altura de la rodilla con una liga dorada, guantes blancos, una coraza medieval y escarpines negros. Todo en tres colores (azul, amarillo y rojo). No hacía falta ser un gran observador para saber que se trataba de un agente de la Guardia Suiza, el ejército profesional más pequeño del mundo, encargado de custodiar las entradas del Vaticano y de defender con su vida al Sumo Pontífice desde hace más de quinientos años. La mayoría de las personas que visitaba El Vaticano no perdía la ocasión de sacarse unas fotos con ellos, que no siempre con el mejor humor soportaban el asedio de los turistas. Fuera de su deber protocolario, pocos sabían que estos jóvenes suizos de entre 19 y 30 años de edad habían cumplido un duro entrenamiento en el Ejército Suizo. Tenían una buena formación en artes marciales y eran expertos en el manejo de su espada y los extremos de sus alabardas, que podían usar para dar en los pies de los intrusos y dejarlos fuera de combate en cuestión de segundos. Pese a eso, también llevaban oculto un gas lacrimógeno en aerosol, dos granadas y una pistola automática Sig-Sauer. 

El joven Guardia se echó a un costado y el auto avanzó lentamente unos pocos metros más. Entonces Matthieu tuvo oportunidad de ver con sus propios ojos lo que sólo había visto en libros: el Portón de Bronce. Realizado en el siglo XVII por el arquitecto italiano Giovanni Battista Soria, esta reliquia de acero se situaba entre la columnata de la Plaza de San Pedro y el brazo de Constantino, justo debajo del mosaico de la Virgen con el niño. Era el acceso al Palacio Apostólico y dueño de un valor simbólico y espiritual sin igual. Unos pocos podían cruzarlo, solamente aquellos que habían sido elegidos para poder encontrarse con el sucesor de Pedro y representante de Cristo en la Tierra. Matthieu jamás había imaginado traspasarlo, y ahora pensaba que hubiera preferido hacerlo por otros motivos.